CONVERSIÓN

Dice de él un biógrafo: “Instalado en la Corte dio muestra de valeroso y entendido; mozo, galán, bizarro, estimado de los grandes señores, amado de un príncipe tan grande como el Duque de Sessa, airoso a caballo y brioso a pie”.

Dice de él un biógrafo: “Instalado en la Corte dio muestra de valeroso y entendido; mozo, galán, bizarro, estimado de los grandes señores, amado de un príncipe tan grande como el Duque de Sessa, airoso a caballo y brioso a pie”. Así era, a la sazón, Bernardino, cuando un hecho fortuito, que vamos a relatar, hace cambiar radicalmente su vida: « Paseando un día del año 1566, por la madrileña calle de Postas, muy aseado y galán como era su costumbre juntando la gallardía del soldado, con el aseo del cortesano, en ocasión de que estaban limpiando el barro de dicha calle, un menestral encargado de la operación, cometió la involuntaria torpeza de mancharle la ropa. Bernardino, encolerizado, levanto la mano y asesto al hombre tan colosal bofetada en el rostro, que dio con él en tierra. A la ira del caballero, respondió la humildad heroica del sufrido menestral, que se puso de rodillas a sus plantas, en demanda de perdón, por la ofensa que al mancharle le infiriera. Pasmado y absorto se quedó nuestro caballero, al ver el ejemplo tan grande de humildad y queriendo satisfacerle le pidió a su vez perdón, corrido y avergonzado de haber hallado quien excediese en paciencia al exceso de su cólera. Cual otro Saulo, detenido en su carrera por la voz del Señor, determina desde aquel momento abandonar las pompas mundanas y consagrarse completamente a Dios, ejerciendo la más bella de las virtudes, la caridad.

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